viernes, 14 de febrero de 2020

SERGUIR SU SENDA

POR LEON CARLOS ARSLANIAN *

Raúl Zaffaroni es una rara avis en el panorama jurídico nacional. Es, sin dudas, el más versado penalista latinoamericano y al propio tiempo un ius-filósofo, criminólogo y sociólogo criminal de la misma talla.

Ha hecho escuela y, en tal sentido, domina el pensamiento penal vernáculo y su presencia en Iberoamérica marca surcos, como también lo ha hecho en la jurisprudencia nacional, ya como juez de instancias inferiores, ya como magistrado de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Todas éstas son cuestiones públicas y casi obvias y, si cabe ahora ponerlas de resalto, es porque sólo así podemos calibrar adecuadamente el valor de su extraordinaria humildad. Me consta el grado de respeto y consideración que de ordinario exhibe para escuchar al otro y la notable disposición para acordar, componer y encontrar puntos de coincidencia con quienes confrontan con él, signo inequívoco de tolerancia y disposición para reconocer al otro.

Empero, también hemos sido testigos del grado de dureza de que es capaz, si de defender principios y convicciones profundas se trata, porque jamás arrió ninguna de las banderas que con orgullo y de modo aleccionador llevó flameando durante su existencia.

Como juez no encarnó el modelo burocrático adocenado del estereotipo judicial; al contrario, lo puso en crisis todo el tiempo, al punto de –aun sin proponérselo– anteponerle el modelo alternativo de magistrado popular, llano, accesible y al que la guayabera y las zapatillas no hicieron mella en su saber, en su enjundia y en el merecimiento del respeto colectivo.

El derecho al castigo desde la perspectiva de los derechos humanos adquirió en Raúl Zaffaroni una dimensión humanista y racional, porque lejos del punitivismo demagógico y complaciente con demandas de los sectores más reaccionarios de la sociedad, acicateada por los medios de comunicación, nunca cayó en complacencias de las que tuviese que arrepentirse. Prueba de ello es que desde los albores de la década del ’90 presentó un primer anteproyecto de penas alternativas a la prisionización que, por fortuna, ha encontrado recién ahora cabida en el de Código Penal encomendado por el gobierno nacional a una comisión de juristas que él coordinó.

La violencia institucional, las muertes masivas, los genocidios han encontrado en él una mirada atenta y apta para captar y explicar fenómenos criminológicos de los que ninguno de los saberes tradicionales se ha ocupado, y ello traducido en voces de alarma dirigidas al despertar de las conciencias de quienes pueden hacer su aporte.

El mayor reconocimiento que podemos hacerle a él es, simplemente, seguir su senda.

* Abogado. Ex camarista federa

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